desde la oposición

Si yo fuera político me gustaría pertenecer a la oposición. Tanto me gustaría que si mi partido ganara las elecciones y accediese al poder, me haría tránsfuga. Sin ruborizarme y sin cargo de conciencia. Al contrario, con la cabeza bien alta.

Sería un político atípico: mi objetivo no sería alcanzar el poder. Todo lo contrario: mi objetivo sería rehuir el poder. Mejor dicho, mi objetivo sería rehuir la toma de decisiones. Y todo ello no por escasa ambición política o sed de poder, sino por puro pragmatismo. En la oposición permanente se vive muy tranquilo.

El político en la Oposición se dedica a criticar al Gobierno (esto genéticamente se le da muy bien a cualquier español, sea político o no), a protestar por las decisiones tomadas por el partido en el poder (que por definición, evidentemente, son equivocadas) y plantear alternativas (no necesariamente realizables)… siempre con la vista puesta en no gobernar.

Porque gobernar es muy jodido. Todo el día tomando decisiones que afectan a cientos, miles, millones de personas. Personas que, te hayan votado o no, esperan que soluciones sus problemas. ¡Los muy egoístas! Y claro, tú, político gobernante, eres humano  y cometes errores y haces cosas mal. Y el pueblo se rebela y sale a la calle. Y la oposición te critica. Y todos con razón.

Seamos sinceros: a nadie nos gusta que nos critiquen pero nos encanta criticar. Por eso el lugar natural del político de bien es la cómoda y apacible oposición. Pero la oposición perenne. Si ambicionas el poder estarás cavando tu propia tumba como político coherente; y si finalmente lo consigues, clavarás el último clavo en tu ataúd de político con credibilidad.

Piensen en políticos que recientemente han estado en la Oposición y han llegado al Gobierno (como Rajoy). Y viceversa, piensen en políticos que han estado recientemente en el Gobierno y posteriormente en la Oposición (como Rubalcaba).

Rajoy, por ejemplo, después de ocho plácidos años como jefe de la oposición (y dos elecciones perdidas), llegó al Gobierno en 2011. Yo creo que realmente él no quería (se le veía feliz en la oposición), pero la calamitosa segunda legislatura de ZP le dejó la victoria en bandeja. Un caramelo envenenado. En menos de un año ha incumplido casi la totalidad de su programa electoral. Y claro, la oposición lo critica y lo llama mentiroso y traidor y desleal y no sé cuántas cosas más.

Todas esas cosas se las llama Rubalcaba como jefe de la Oposición. El problema para Rubalcaba es que todas las medidas que propone frente a las mentiras, traiciones y deslealtades de Rajoy, las podría haber puesto en marcha él mismo cuando estaba en el Gobierno hace poco más de un año… y no lo hizo. No me pregunten por qué. Y claro, para Rajoy es muy fácil hacer oposición a la Oposición… desde el Gobierno. Ya lo ven, se está mucho más cómodo haciendo oposición que gobernando. Aunque sea haciendo oposición desde el Gobierno.

Como dice Manuel Jabois en este artículo: ‘es más fácil prometer una cosa y hacer la contraria que hacer una cosa y prometer la contraria, porque lo primero es traición pero lo segundo es cachondeo’. Y mira que a los españoles, tanto o más que criticar, nos gusta el cachondeo. Pero hasta un punto.

La conclusión es clara: si estás en la oposición, estate quieto en la mata y disfruta. Y si tienes la desgracia de llegar al poder, una vez que lo abandones, no vuelvas a la oposición. Ya no se está igual de cómodo y tranquilo.

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