tremendo combo

Ser ministro de un Gobierno de cualquier país no debe ser un trabajo fácil. Ser ministro de un Gobierno en España tampoco. Ser ministro del Gobierno de España durante la mayor crisis económica de la historia contemporánea… menos. Nadie puede dudar eso.

A nadie se le puede exigir la infalibilidad de sus actos y de sus decisiones. A los ministros, por supuesto, tampoco. Sin embargo, lo que sí que podemos (y debemos) exigirles a los miembros del Gobierno es la seriedad y el rigor en sus declaraciones. Al menos en las públicas.

Una de las principales actividades de los ministros, y  de los políticos en general, debe ser justificar sus decisiones y rendir cuentas de sus acciones ante los ciudadanos. Un poquito de pedagogía política nunca viene mal. Los ciudadanos nos movemos en una escala muy amplia entre la brillantez y la estulticia, pero en términos generales podemos llegar a entender las cosas cuando se nos explican de manera correcta.

La verdad es que llevamos unos días en los que los ministros no están precisamente acertados en eso de las declaraciones públicas. Se puede alegar que ‘el que tiene boca se equivoca‘, aunque la verdadera cuestión es si realmente se trata de una equivocación (humana) o de una provocación con intención (política).

Empezó la veda el ministro Wert. Aunque es sociólogo (o precisamente por eso, váyase usted a saber) está demostrando una enorme capacidad para poner en su contra a todos los estamentos de la educación en España: profesores, padres y madres, alumnos,… hasta las propias consejerías autonómicas de educación gobernadas por el PP. Hay que reconocerle ese mérito. Digo que empezó la veda por sus declaraciones, hace unas tres semanas, de que el objetivo del Gobierno es españolizar a los alumnos catalanes’.

En pleno debate soberanista de la Generalitat estas declaraciones no parecían las más apropiadas: sonaron rancias, muy rancias. Algo así como aquello que se decía en la España colonizadora de que había que evangelizar a los indígenas infieles. Algo así como aquello de la formación del espíritu nacional de la época franquista. Algo así como unas declaraciones propias de otro tiempo. Y, por supuesto, unas declaraciones fuera de lugar.

Siguió la senda el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, cuando dijo aquello de que ‘los Presupuestos del 2013 eran los más sociales de la historia de la democracia española’. Claro, escuchas eso después de presenciar el ejercicio práctico del uso de la motosierra en los presupuestos de sanidad y educación, y no puedes más que esbozar una malévola sonrisa. Primero analizas la frase  (‘los más sociales en la historia de la democracia’) y piensas que pueden pasar dos cosas: que no conozca el significado de la palabra ‘sociales’, o que desconozca que periodo temporal representa la democracia española. Un error de expresión podría pensarse. Evidentemente no.

Lo cierto es que sencillamente estaba manipulando los datos: el ministro aseguró que el Estado invierte el 63% en gasto social, aunque para hacer el cálculo no tiene en cuenta el Presupuesto en su conjunto, ya que no contempla la partida que se destina a pagar los intereses de la Deuda, y por lo tanto el gasto total se reduce y así se hace aumentar el porcentaje que representa el gasto social. Otra cosa es como se justifica que el pago de la Deuda no compute como gasto, pero eso es otro tema. Ya saben: verdades, mentiras y estadísticas.

El tercero en discordia es el ministro de Defensa, Pedro Morenés, quien para justificar que España venda armas a países que no respetan los derechos humanos, no se le ocurrió mejor argumento que el de que ‘nada es perfecto en política’. Gran verdad, sin duda: nada es perfecto ni en la política ni en ningún ámbito de la vida. ¡Si hasta Cristiano Ronaldo está triste! Sin embargo, como argumento de un ministro parece algo peregrino. Digamos que el respeto a los derechos humanos es el primer peldaño de una larga escalera cuyo final es la perfección política.

Por otra parte, si no podemos alcanzar la perfección política, al menos alcancemos la legalidad española. Y la ley española prohíbe que el Gobierno autorice venta de armamento si no existen todas las garantías de que ese material no va a ser utilizado para “exacerbar tensiones o conflictos latentes” o “con fines de represión interna o en situaciones de violación de derechos humanos”. Es decir, no podemos exigir que un ministro alcance la perfección política, pero desde luego sí que cumpla la ley. Como mínimo eso.

Y en último lugar, pero no por ello menos importante, la sin-par ministra de Empleo, Fátima Báñez, que tres días después de que los datos de la EPA arrojasen el record de paro en la historia (aquí sí) de la democracia española, con una tasa del 25%, no desaprovechó la oportunidad para asegurar que ‘estamos saliendo de la crisis, hay señales’. Al menos hay que reconocerle que, a diferencia de su colega Montoro, la ministra Báñez no manipuló los datos. Simplemente no dio ningún dato que avalara tan contundente afirmación.

La ministra habló de ‘señales’, que deben ser como las meigas: haberlas, haylas; pero nadie las ha visto. Aunque me decanto más por pensar que deber ser parte de la economía como dios manda de la que hablaba Rajoy: salimos de la crisis con Fe (el tercer milagro de Fátima,… de Fátima Bañez), Esperanza (señales esperanzadoras en forma de meigas salvadoras que nadie ve) y Caridad (que esto se lo dejamos a Amancio Ortega y sus donaciones multimillonarias a Cáritas).

Wert, Montoro, Morenés y Bañez. O viceversa. O en el orden que ustedes quieran. Tremendo combo en cualquier caso.

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