el objetivo profesional: cómo se pasa de desorientado a orientador

Ya lo dije en el primer post: soy licenciado en Sociología y trabajo en el ámbito de la formación para el empleo. No siempre ha sido así. Como la mayoría de los titulados universitarios, y de los trabajadores en general, tuve otros trabajos antes de estabilizar, en la medida de lo posible, mi situación laboral. Ya veremos cómo esta la cosa dentro de unos meses.

Pero volvamos a los inicios. Recién titulado, y después de reflexionar sobre si quedarme en Pamplona (donde había estudiado), o volver a Zaragoza (de donde provenía), decidí finalmente que era mejor opción volver a tierras aragonesas. ¿Por qué? Pues porque, pensaba yo ingenuo, como en Zaragoza no había estudios de sociología seguro que tendría más posibilidades de encontrar trabajo ya que habría menos competencia.

Lo que no había identificado es en qué clase de trabajo iba a tener menos competencia, porque cualquiera que haya estudiado sociología, y salvo que quiera dedicarse a la docencia universitaria, sabe que el perfil profesional del sociólogo no es precisamente nítido.

Había que empezar por el principio: apuntarse al paro. Acudí a la oficina de empleo que me correspondía y me inscribí como demandante de empleo. El proceso fue sencillo: me preguntaron mis datos personales,  mi formación y experiencia, y el trabajo que buscaba. Contesté a todas las preguntas con determinación: soy un ornitorrinco, acabo de obtener la licenciatura en sociología y busco trabajo de sociólogo. La seguridad que demostré en mis respuestas no pareció impresionar a la funcionaria que me atendió, que se limito a entregarme una tarjeta indicándome que en las fechas señaladas, la primera a los tres meses, acudiera a la oficina y sellara la tarjeta en el mostrador de enfrente. Con el tiempo supe que eso había sido una ‘entrevista ocupacional’, un punto fundamental en la atención a los desempleados.

Me levante de la mesa con mi ‘Tarjeta de Demandante de Empleo’, que es como la llamamos los titulados universitarios, mientras que el resto de gente la llama simplemente ‘la tarjeta del paro’, y con la convicción de que no iba a ser necesario volver a los tres meses a sellarla, tal y como me había indicado la persona que me ‘entrevistó’.

Observador del entorno en el que me movía, como buen sociólogo por muy en el paro que estuviera, vi un cartel donde se podía leer ‘Orientación Profesional’. Le pregunté a una funcionaria que pasaba por ahí sobre ese misterioso servicio de orientación profesional que parecía ofrecer la oficina de empleo.

– Buenos días, ¿qué eso de la ‘Orientación Profesional’?

– ¿Qué has estudiado? [Sin duda, mi porte juvenil, recién afeitado y con la camisa por dentro del pantalón, había delatado mi estatus de recién licenciado].

– Sociología.

– Pues tú mejor que nadie deberías saber qué es. [Dio media vuelta y se fue].

Excelente. En 20 segundos había determinado mi objetivo profesional: iba a ser orientador profesional.

Solo había un problema: no tenía ni idea de lo que hacía un orientador profesional. Realmente no era un problema muy grande ya que era sociólogo y no tenía ni idea de lo que debía saber hacer un sociólogo. Ahora al menos ya sabía una cosa que debía saber hacer. Con el tiempo supe que eso es algo así como la consciencia de la inconsciencia (saber lo que no se sabe).

Por supuesto, a los tres meses volví a la oficina de empleo a sellar la tarjeta ya que seguía en el paro. En ese tiempo no había encontrado ninguna oferta de trabajo relacionada con la orientación profesional, ni ninguna otra en la que se buscara el perfil de un sociólogo o de algo similar.

Tres meses después volví a sellar la tarjeta del paro. Seguía siendo demandante de empleo aunque algo había cambiado. Ya conocía de primera mano un servicio de orientación profesional. Eso sí, como orientado.

En la entidad colaboradora que me atendió consideraron que el hecho de que fuera licenciado en sociología no me convalidaba para no poder hacer uso del servicio. Más allá de rehacer mi CV, poca utilidad más obtuve. Y no porque fuera sociólogo, sino porque tal y como estaba organizado el servicio, aquello no daba para mucho más. Acudí, creo recordar, unas cuatro veces. Con el tiempo supe que, más allá de la utilidad que me aportase, mis firmas de asistencia eran bienvenidas para la consecución de los objetivos que debían cumplir como entidad colaboradora.

En definitiva, tenía un CV formalmente bien redactado que apenas podía utilizar porque no existían ofertas que se ajustasen a mi perfil. Por otra parte sí saqué dos conclusiones importantes: la autocandidatura era un sistema absolutamente inútil si eras sociólogo en Zaragoza; y definitivamente, visto lo visto, yo podía ejercer como orientador laboral.

La casualidad quiso que, al poco tiempo, la misma entidad a la que yo había acudido como usuario de su servicio de orientación ofertara un curso de ‘Orientación profesional’. Así que me inscribí. Me sorprendió que para acceder a la formación, además una prueba escrita, había que pasar una entrevista con los organizadores del curso. El proceso de selección era más parecido a una selección de trabajadores que de alumnos. Sea como fuere, fui seleccionado. Era el único licenciado en sociología en un grupo de doce alumnos. Una de las formadoras era la orientadora que tiempo atrás me había ‘ayudado’ a definir mi objetivo profesional. Ella no se acordaba de mí. Y yo tampoco le recordé el momento.

Con el tiempo supe que el motivo de la entrevista de selección previa era porque la entidad iba a utilizar el curso como cantera de futuras incorporaciones a su servicio de orientación profesional. Lo supe porque yo fui uno de los cuatro alumnos que fueron contratados a la finalización de la formación. Durante casi un año trabajé como orientador profesional en esa entidad. Posteriormente, durante casi otro año, lo hice en otra entidad.

Poco después de terminar mi segunda etapa como orientador profesional me incorporé a la empresa en la que trabajo actualmente. Mi trabajo desde entonces, no sé si denominarlo de sociólogo pero desde luego sí sociológico, poco tiene que ver con el de orientador profesional. Sin embargo todo lo que se mueve alrededor de la orientación profesional (formación, mercado laboral, competencias profesionales, recursos humanos, etc.) me seguía (sigue) interesando… y me seguía (sigue) siendo útil en mi nuevo (vigente) trabajo.

Tanto como matricularme en el Máster de Orientación Profesional que impartía la Universidad de Zaragoza en colaboración con IFES (o viceversa). Seiscientas horas de formación que compatibilizaba con mi jornada laboral. ¿Es o no es verdadero interés por la orientación profesional y todo lo que la rodea? Volvía ser el único licenciado en sociología entre todos los alumnos.

Como conclusión del máster solo puedo decir dos cosas: superávit de duración y déficit de calidad. Eso y que entre el numeroso cuerpo de profesores (mejores y peores como en cualquier sitio) se encontraba, de nuevo, la orientadora de la oficina de empleo del principio de la historia. Entonces ella sí que se acordó de mí: como alumno del curso de orientación profesional de unos años antes.

Yo seguí sin recordarle aquel momento decisivo en mi carrera profesional.

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2 Responses to el objetivo profesional: cómo se pasa de desorientado a orientador

  1. María dice:

    Había pensado en cursar este máster, pero después de leer tus impresiones se me han ido las ganas.

    • Yo lo cursé hace ya 5 años. Creo que fue la ultima edición 100% presencial y que después se reestructuró. La verdad es que no sé como se desarrollaron las ediciones posteriores, y sí mejoró la calidad o no.

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