el cuento de la navidad

No me gusta la Navidad.

No me gusta porque no me gusta ninguna de las tradiciones religiosas que celebramos. Por las dos cosas: por tradición, en general; y por religiosa, en particular.

Me hace gracia cuando leo o escucho que la Navidad ha trascendido su carácter religioso para convertirse en no sé muy bien qué. La representación del portal en el que acaba de nacer Jesús, la Misa del Gallo, la cabalgata de los tres Reyes Magos que creo, si no ha cambiado la tradición, acuden a adorar al niño dios, y demás representaciones y símbolos cristianos que proliferan estos días, no parecen confirmar esta supuesta trascendencia hacia lo laico de estas fiestas.

Son días de efusivas demostraciones de bondad, solidaridad, empatía y buenos sentimientos de quiénes o hacia quiénes durante las restantes cincuenta semanas del año se han podido comportar como auténticos hijos de puta. En estos quince días ésto no importa: estamos en Navidad.

Me resulta patético ver estos días en los ¿informativos? ¿noticias? sobre la cena de Nochebuena o la comida del día de Navidad en residencias de ancianos, albergues o cárceles, es decir, personas que no pueden pasar estos días con sus familias como dios manda. Personas, en realidad, en situación de debilidad física o vulnerabilidad social, que solo estos días parecen merecer nuestra atención y,por supuesto, cristiana compasión. Después de Reyes los ancianos volverán al olvido, los sin techo volverán a sentir las miradas de desprecio, y los reclusos volverán a ser personas merecedoras del encierro y nada más.

La Navidad, por supuesto, se pasa en familia. Hay que cenar en Nochebuena con la familia y hay que comer el día de Navidad con la familia. Con la misma familia que en muchas ocasiones, el resto del año, evitamos. Si, por el contrario, la compañía familiar es bienvenida, ¿por qué esperar a las fiestas navideñas para la reunión? El año tiene cincuenta y dos fines de semana, varios puentes (de tres e incluso cuatro días festivos) y/o vacaciones estivales, igualmente aptas para la reunión de la familia extensa. Sin embargo, no es frecuente hacerlo. ¿Por qué no? Porque no es Navidad.

La Navidad es determinista. Como buena tradición es absoluta: no admite preguntas, variantes o matizaciones. Las cosas se hacen así, te comportas así, te sientes así,… porque es Navidad. No hay más (ni mejor) explicación.

Particularmente no participo de los principios y protocolos navideños, más allá de la tradicional reunión familiar (cada año menos numerosa) alrededor de la mesa, ni en el ámbito privado ni en el social: no pongo árbol de Navidad o Belén en casa; no visito Belenes, mas o menos, monumentales; no asisto a la cena de Navidad de la empresa;… ni siquiera gasto más de diez euros en lotería de Navidad.

Tampoco, en estas fechas tan señaladas, soy mejor persona, ni más solidario, ni más bondadoso, de lo que soy el resto del año. Los que me conocen dirán si lo soy lo suficiente.

No se engañen: la bondad, la solidaridad o la compasión, no son valores navideños. Son valores ateos, o como mínimo laicos. Perdurables y valiosos todo el año, no sólo los quince días de Navidad.

La falsa bondad, la hipocresía, la demagogia o la doble moral: estos son los valores navideños. Y son todos ellos absolutamente religiosos. Absolutamente cristianos.

Quizás un ornitorrinco, por sus propias contradicciones, debería sentirse cómodo en Navidad. Pero no es así.

Decididamente no me gusta nada el cuento de la Navidad.

PD. Permítanme un par de sugerencias literarias para regalo de reyes:

Michel Onfray: “Tratado de Ateología”. Ed. Anagrama

Christopher Hitchens : “Dios no es bueno”. Ed. Debate

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2 Responses to el cuento de la navidad

  1. Pizias dice:

    Mi teoría es que estas fiestas perviven por los niños. En un mundo de adultos, las Navidades se celebrarían el día 25 como un día festivo normal, léase el 15 de agosto (fecha ya totalmente desvirtuada y que la mayoría de los españolitos adora por significar fiesta veraniega y charangas en los pueblos).
    Los afortunados que tenemos niños en casa podemos disfrutar de su ilusión pura por creer en señores mágicos que entran sigilosamente en casa y dejan regalos. Ni ideologías ni ná. De eso ya nos encargamos los adultos.

    • Discrepo. La Navidad es algo más que el día 25: son 15 días de costumbres de base religiosa rebozadas de actos lúdicos, donde ciertamente los niños ocupan un lugar destacado, en las que todos participamos de manera más o menos activa y convencida.
      Dudo mucho que el 25 de diciembre sea una de las fiestas que se pasen al lunes como día festivo.

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