la mala educación

En España se entra en el sistema educativo, de manera obligatoria, a los tres años y se puede salir, después de la formación universitaria, rondando los 25. Aproximadamente una cuarta parte de nuestra vida la podemos pasar teniendo como centro de acción un aula.

Siendo como es la educación de vital importancia en cualquier país, en España desde siempre hemos sido incapaces de establecer un gran pacto de Estado en este sentido y aprobar una ley de educación de consenso. Desde la Ley General de Educación (en los 70-80), hasta la actual Ley Orgánica de Educación (LOE), pasando por la LOGSE (90’s) y la Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza (que ni siquiera llegó  a aplicarse), le educación en España no ha llegado nunca a establecerse como un sistema consistente y de verdadera calidad.

Y en medio de todo esto se encuentran los maestros y profesores, verdaderos referentes de la calidad de la educación en cualquier país. Es innegable que en función de la calidad de los docentes se determinará la calidad de la educación. Y una parte fundamental de esa calidad depende, en primer lugar, de la cantidad de docentes. De la cantidad justa y necesaria de docentes. Y esa cantidad debería ser la misma en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis, ya que se supone que la calidad de la educación debería ser siempre la misma, es decir, la mayor posible, independientemente de la coyuntura económica del momento. Y es que una buena educación es la mayor riqueza y el principal recurso de un país y de sus ciudadanos. No lo digo yo, lo dice el preámbulo de la LOE. Y nada dice de que la educación deba ser menos buena en momentos de crisis.

En aras de ahorrar costes, la Comunidad de Madrid pide a los profesores que trabajen más horas por el mismo salario y además, reducirán el número de profesores interinos mediante la no renovación de sus contratos. En definitiva, menos profesores para el mismo número de alumnos. Aún así desde la Consejería de Educación madrileña se asegura que la calidad de la enseñanza no se verá reducida.

Yo lo dudo mucho, pero si realmente es así, ¿por qué se tenían contratados en cursos anteriores más profesores si no se mejoraba la calidad del servicio educativo? Si con mayor gasto en docentes, la calidad de la educación era la misma, en definitiva se estaban malgastando recursos económicos, siempre limitados en la educación pública. Se podía haber dedicado ese dinero a infraestructuras o equipamientos para los centros, que sí hubieran mejorado la calidad de la educación. No podemos convertir las consejerías de educación en agencias de colocación en momentos de bonanza económica.

Por otra parte, de una vez por todas, se debería incidir en la calidad pedagógica de los docentes. No puede ser que la antigua carrera de Magisterio, hoy grado en Maestro (Infantil y Primaria), tenga unos niveles de exigencia relativamente bajos y sea un mero trámite que hay que salvar para poder presentarse a unas oposiciones. En lo que respecta a secundaria habrá que ver como se desarrolla el actual Máster de Profesorado de Secundaria, que sustituye al viejo e ineficaz Curso de Adaptación Pedagógica (CAP), que desde luego no preparaba a un licenciado en la disciplina que fuera a saber transmitir pedagógicamente sus conocimientos.

Mientras nos dediquemos a discutir sobre las horas de trabajo de los profesores, sus largas vacaciones y sus privilegiadas condiciones de trabajo en comparación con el resto de trabajadores, seguiremos desviando la atención respecto al verdadero problema de la educación en España.

Problema que, desgraciadamente, se reproduce también en la universidad, que no se caracteriza precisamente por su calidad. Que sólo haya dos universidades españolas entre las 200 mejores universidades en el mundo, ocupando los puestos 176 y 194, no es precisamente un dato como para estar contentos y orgullosos.

Queda mucho trabajo por hacer.

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4 Responses to la mala educación

  1. edu dice:

    La verdad es que no entiendo ninguno de los dos comentarios, si tan sencilla creéis que es la carrera de magisterio y tantos privilegios tienen los que la ejercen, no veo ningún motivo para que no os saquéis la carrera en vuestros ratos libres y luego aprobéis una oposición que también es muy sencillo y así podáis trabajar en el colegio que tengáis al lado de casa, al igual que todos los profesores que conozco que trabajan como mínimo a 200 kilómetros de la ciudad en la que realmente les gustaría trabajar

    • Tengo mejores cosas que hacer en mis ratos libre que estudiar magisterio, fundamentalmente porque no me gusta la docencia y estoy convencido de que hay maestros y profesores a los que tampoco les gusta. Además ya estudié una carrera de broma (Trabajo Social) que se aprobaba sin querer. Las oposiciones no sé si son fáciles o difíciles, pero de lo que estoy seguro es que sólo el hecho de aprobarlas no garantiza que se sea un buen maestro o profesor. A las pruebas me remito: seguro que has tenido profesores en el colegio o en el instituto, con sus oposiciones sprobadas, que eran unos auténticos incompetentes. Esa es mi crítica.

  2. Pizias dice:

    Pues yo no quiero pagar (ni antes ni ahora ni después) a un montón de maestros y profesores cuya vocación es nula y su motivación, dos meses de vacaciones en verano y un sueldo fijo.
    La cantidad de profesionales es importante en la educación, pero más la calidad. Y ahora mismo no creo que haya mucha…
    Aún recuerdo profesores que me dejaron huella en una clase con 35 alumnos. Ahora, quién recordará?

    • Por eso creo que el número de maestros y profesores debe ser el que se considere necesario con la mayor calidad docente posible, independientemente de la situación económica. No puede haber más profesores, si realmente no son necesarios, sólo porque haya disponibilidad presupuestaria y se les pueda pagar.
      Respecto a la motivación de los docentes, completamente de acuerdo. No puede ser que la carrera de magisterio sea de broma y la pueda aprobar cualquiera. Pero la culpa no la tienen los alumnos sino las universidades que promueven unos niveles subterráneos, y que les da igual si los alumnos tienen vocación o si realmente están interesados en la docencia o sólo en las ventajas del trabajo docente.

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